Buenos días. Me presento: me llamo Juan Marengo Pontón (no es mi nombre real, porque soy egocéntrico pero modesto. Pero mi nombre real rima con este). Soy artista, restaurador, diseñador gráfico e ilustrador. Me gano la vida con mis ilustraciones y mis diseños, pero la pintura es lo que yo considero mi oficio vocacional. No me quedo con una sola técnica: las utilizo todas, y aprendo todas las que puedo, y pinto y dibujo todos los días, sin excepción, sobre cualquier soporte.

Vivo en una ciudad de provincias, de la que no daré el nombre (de nuevo, por pura vanidad: me gusta generar curiosidad a mi alrededor, pero soy modesto). Provengo de una familia numerosa, y acomodada desde hace mucho tiempo. Cuando mi madre murió en 1996 y mis hermanos y yo nos distribuimos el patrimonio familiar (me da mucha satisfacción decir que lo hicimos sin alharacas y sin malos rollos), pedí que me dejaran quedarme con un local donde mi familia había tenido una pastelería-cafetería desde principios del siglo XX hasta mediados de los años 80, cuando mi padre falleció. En ese local decidí instalar mi estudio y mi casa.

Inicialmente, la antigua confitería tenía 200 m2 en total, distribuidos en 3 espacios bien diferenciados: la cocina-obrador, de unos 30 m2, la pastelería donde se vendían los dulces, de unos 40 m2, y el resto estaba ocupado por el salón, inmenso. La reforma integral del local, que duró más de lo que quiero recordar, conservó más o menos estos mismos espacios. La cocina se amplió un poco a costa de la zona de venta, para incluir una mesa de desayuno y encimeras más grandes. Donde antes se vendían pasteles se construyó el baño y mi dormitorio, ya que no consideré necesario disponer de una estancia muy grande para dormir. El resto del espacio, unos 130 m2, se habilitó como sala de estar y como estudio. Me permití incluso el lujazo de construir una chimenea en el salón.

La cocina y el baño forman estancias separadas, con sus tabiques correspondientes. Pero para mi salón-estudio quería un espacio diáfano, en el que simplemente se dividieran distintos ambientes. Para eso decidí utilizar mamparas divisorias de forja combinadas con vidrio. Así podría disfrutar de la amplitud, y al mismo tiempo separar los momentos de trabajo de los de ocio. Con este proyecto en mente contacté con Mobiliario Industrial, una empresa de la que me habían hablado muy bien los dueños de uno de mis restaurantes favoritos, una hamburguesería misteriosa que tampoco os diré cuál es ni dónde está (es tan buena, que no necesita publicidad, y conocerla es amarla).

mampara cocina comedor

Mobiliario Industrial escuchó mis ideas y supo entenderlas y mejorarlas, fabricándome unas maravillosas estructuras de hierro forjado y cristal. El adjetivo “industrial” evoca más bien andamiajes de hierro propios de un taller mecánico o de un hangar, con su cuota de olor a motores, manchas de aceites industriales y calendarios de chicas ligeras de ropa… Pero nada más lejos de la realidad. Yo me hacía ideas de un entramado de huecos angulosos, irregulares en forma, tamaño y distribución, pero no desordenadas. También me apetecía que emplearan vidrios de grosores y transparencias diversos, no exactamente coloreados pero sí tintados, que colorearan levemente la luz.

No tenía yo muy claro que pudieran realizar eso que yo tenía en la cabeza, pero el resultado final me dejó asombrado. No sólo fabricaron e instalaron en tiempo razonable unas mamparas excepcionales, sino que el trabajo de Mobiliario Industrial es de una elegancia tan fuera de lo común que me resisto a llamarla simplemente “decorativa”. Además es cierto que, afortunadamente, no tenía problemas de presupuesto, pero siempre se agradece que el precio de algo que queremos sea más bajo del que nos habíamos figurado en un principio…

Animado por lo bien que se había resuelto lo de las mamparas divisorias, volví a llamar a Mobiliario Industrial cuando se me planteó una nueva cuestión: las estanterías. He de decir que el tema del almacenaje es una de mis pequeñas obsesiones desde la infancia. Supongo que como era un crío que recogía todo lo que me encontraba en mi camino, desde piedras, plumas y palos hasta papeles arrugados, latas aplastadas y escarabajos muertos, necesitaba mucho espacio para guardar mis tesoros apropiadamente… y al mismo tiempo, esconderlos de los afanes limpiadores de mi madre.

El caso es que debo almacenar y proteger del polvo o de la luz obras de formas muy variadas, de naturaleza y materiales diversos, y con necesidades muy precisas. Por ejemplo, lo mejor para conservar las láminas de pastel o de carboncillos es colocarlas en cajones individuales apilados uno encima de otro, con cajas planas donde el papel pintado reposara en horizontal, y provistos de rieles de metal para poder abrirlos y cerrarlos cómodamente. Las acuarelas también necesitan soportes horizontales similares, mientras que los lienzos están mejor suspendidos en vertical, uno detrás de otro, pero cada uno en su soporte individual. Con las ilustraciones, en general, no es necesario tener tanta precaución, basta con protegerlas de la luz y el polvo. Sin embargo, algunas resultan muy voluminosas y necesitas mucho espacio para colocar sus carpetas.

Además de las obras, hay que almacenar los materiales. Los soportes, por ejemplo, también de todos los tipos y tamaños. Algunos productos, como los ácidos para los grabados, tenían que ir en armarios cerrados con llave. Por no hablar de las pinturas (acrílicas, al óleo, acuarelas), las tintas, los pasteles, cretas y carboncillos, los pinceles, los lápices, etc. Y sin olvidar los productos auxiliares como los disolventes, retardadores y barnices, los materiales para enmarcar, los líquidos para revelar fotografías (sí, de vez en cuando hago fotografías, y sí, las sigo haciendo de manera completamente analógica), las arenas que se añaden a la pintura para darle volumen, las telas, clavos, maderas, y otros infinitos trastos con los que me gusta experimentar, … El total es incontable, y cada cosa necesita un sitio específico, a ser posible fácil de encontrar (no lo he dicho, pero además soy enormemente despistado), y que esté a mano: no vale tener todo apilado y verse obligado a desplazar doscientos botes para coger el que te hace falta, que siempre está al fondo.

Todo eso demandaba una enorme variedad de huecos donde guardar cosas: cajones con mayor o  menos profundidad, más grandes o más pequeños, marcos para colgar los soportes verticales, armarios con puertas a cerrar con llave, baldas abiertas, etc.

Y no acababa ahí la cosa. Además de para guardar las obras y los materiales, necesitaba las estanterías para lo que las necesita la mayoría de la gente: almacenar libros. He de confesar que tengo muchos, entre otras cosas porque me ha tocado heredar todas las bibliotecas de la familia, y las de algunos amigos que lamentablemente ya no están para leerse nada. No es que me queje de que haya sido así. Los libros constituyen otra de mis obsesiones desde crío, lo que sin duda alimenta mi amor por las estanterías y las estructuras de almacenaje.

Mostrador y zona almacenaje para proyecto estanterías

Ahí me encontré con otro problema: no me servía un sistema de almacenaje para libros estándar. Soy muy maniático y no me gustan las estanterías que tienen las baldas todas de la misma medida, a la misma altura y con la misma anchura. Evidentemente que la profundidad de las baldas de cada estantería debe ser la misma, pero ¿por qué mantenerla invariable en TODAS las estanterías de la casa? Personalmente, llevo muy mal que sobre mucho espacio de profundidad para los libros más pequeños y que falte para los más grandes. Al fin y al cabo, el tamaño de los libros es tan variable como el capricho del lector, y en cuanto tienes más de 20 libros te ves con el problema de colocar mamotretos de arte que miden hasta 50 centímetros de alto junto a libros más manejables, hasta llegar a los libros de bolsillo que te has ido comprando en los aeropuertos. O incluso más: ¿cómo ordenar armónicamente el facsímil del Beato de Liébana al lado de las obras completas de Marcial Lafuente Estefanía (herencia de un tío abuelo que adoraba el tema del Salvaje Oeste y me contagió esa adoración cuando yo tenía 13 años), libritos de apenas 10 centímetros de altura? No sólo resulta poco estético, es que si la profundidad de las baldas es siempre la misma y adaptada por fuerza a los tomos más grandes, y quieres ver una hilera ordenada, te toca dejar mucho espacio trasero para los libros más pequeños. ¿Qué ocurre entonces? Que, si los dispones al lado de tomos más altos y más pesados, los libritos tienden a caerse por detrás, y a perderse.

Además, no sólo guardo libros. De cada obra que he realizado (incluidos los experimentos) conservo documentación muy detallada: los fotografías y diagramas del proceso creativo en sus distintos estadios, todo aquello que me ha servido de inspiración, y en el caso de los encargos, los contratos, las facturas y un informe por escrito de cómo se ha llevado a cabo el trabajo. Como ya he dicho soy enormemente despistado, con lo que necesitaba que las carpetas de papeleo aparecieran perfectamente ordenadas y accesibles.

Por eso las estanterías convencionales me irritan un poco, y quería unas estanterías personalizadas, y además bonitas. Con eso en mente, planteé un nuevo trabajo a Mobiliario Industrial. Y de nuevo lo han clavado. Usando hierro forjado y madera han creado unas estanterías magníficas. Estanterías que cubren todas mis necesidades (y algunas más que no sabía que tenía) y que son realmente preciosas. Me han fabricado unas estanterías resistentes, con estructura de metal forjado y baldas de madera. Intercalados entre las baldas abiertas, instalaron varios armarios cerrados con puertas de cristal. Así quedaban protegidos del polvo  algunos libros más delicados. La anchura y la altura de las baldas difieren, con lo que pueden adaptarse a los distintos formatos de los libros, de tal manera que estos aparecen a la vez a mano, ordenados y colocados armónicamente. Y por supuesto, no tienen TODAS la misma profundidad.

baldas decoración mobiliario canino

De nuevo, en Mobiliario Industrial me escucharon y supieron mejorar algunas de mis ideas. Y no solamente han sido profesionales, sino también indulgentes con mis manías, y muy agradables de trato.

Y poco más tengo que contar, aunque no creo que se haya terminado mi relación con Mobiliario Industrial. Esta pandemia infernal en la que todavía estamos metidos no me ha perjudicado mucho profesionalmente, en eso he tenido mucha suerte. Los encargos no han disminuido e incluso me han propuesto algún proyecto muy interesante. Por otra parte, los meses de confinamiento me han permitido explorar nuevas técnicas y enfocar nuevos proyectos, con mucha calma y pensando despacio en mi forma de trabajar. Así que estoy pensando de nuevo en acudir a Mobiliario Industrial, porque tengo en mente encargarles un par de mesas de trabajo. No es que no tenga, pero visto lo visto me gustaría que cada una se adaptara a mis necesidades profesionales. No es lo mismo restaurar una obra, que a veces son muy grandes, que desarrollar una ilustración infantil o un diseño publicitario.

Es más. Seguramente les encargaré también una mesa “de desescalada” o “de nueva normalidad”, es decir: una mesa para comer con la gente a la que quiero, pero a la distancia apropiada. Esto último es broma… Simplemente, me gusta cómo trabaja Mobiliario Industrial. He visto en el catálogo las mesas que tienen, y considerando cómo han construido mis estanterías y mis mamparas, puedo hacerme una idea de cómo trabajarán para fabricar las mesas que tengo en la cabeza. Así que en cuanto podamos salir con más garantías, les pondré manos a la obra otra vez.

Aquí sí que acabo ya. Un saludo, mucha suerte para todos, mi sentimiento más sincero para aquellos que hayan perdido a alguien querido, y mucho ánimo para salir de esta con los mínimos daños posibles. Con responsabilidad y compasión lo conseguiremos entre todos. Muchas, muchas gracias.

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